Letras y Cuentos de mi Sangre: cuento
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jueves, 19 de mayo de 2011

Tres cigarrillos

Otoño suntuoso, el viento solemne susurra un Te Deum.

Una noche hermosa. Acaban de chatear ávidamente. Más abrigado que de costumbre, Mateo recorre las calles desiertas en busca del único que puede darle una mano. Se trata de... llamémoslo Fabrizio, un... "Solucionólogo". Vive en la calle, acurrucado en un fogón resplandeciente que desafía el frío y el desamparo. Sus "pequeñas estrellas", como él llama a las chispas bienhechoras.

-¿Qué te trae por acá?

Mateo le cuenta, a través de la bufanda, la reciente conversación. Comparten un cigarrillo, el primero. Y, tras una larga pausa (los Solucionólogos suelen tomarse un tiempo...) dice Fabrizio:

-¡Bien! Ella ha vuelto a la vida. Por lo que me contaste en otros viajes, hacía falta un milagro... Empezamos bien, el milagro ya se ha instalado.
-Pues, sí. Ahora se anima a hablar de "vacaciones" y "noches en compañía"... ¡Es realmente un milagro!
-¿Quién lo hubiera dicho...? Ni yo apostaba al milagro y, si hubiera apostado... qué lástima... hubiera apostado... ¡un tarro de dulce de leche!

Fabrizio mira con simpatía el pequeño fogón y revuelve un poco las brasas.

-Seguro que ahora, cada vez que recibe un mensaje se irrita si no acarrea el nombre adorado. Si conoceré yo esa emergencia...
-Pero entonces... ¿qué te preocupa, Mateo?

-Su MIEDO.

-¿Miedo de qué? ¿Los enamorados tienen miedo?

-Algo de su miedo me ha contado. Que el sapo, que el ogro...

-Mateo -dijo el Solucionólogo- al igual que en las fábulas de reinados y estanques, tu Princesa tiene miedo pues el miedo oculta el dolor.

-¿Qué dolor?

-El dolor de la ausencia.

-¿Cómo sabés que me ha descrito una historia de ausencia?

-Ah... El amor está teñido de ausencias. Aunque estén a centímetros de distancia... es como el aire que no se puede dejar de respirar. El amor nos hace cometer locuras. Yo las hubiera cometido todas, de haber tenido dinero.


Entonces Fabrizio escribió en un papelucho manchado: "MIEDO, LOCURA, MUERTE" y lo arrojó a la fogata, que lanzó un penacho de luz. Luego, al calor del segundo cigarrillo, retomó la palabra:

-El miedo es un freno a la hora de tomar decisiones. Qué alivio disponer de una barrera que nos evite los grandes dilemas ¿no te parece? Miedo a equivocarse, a ilusionarse o incluso a decepcionarse. Temer ser tonto porque uno ha idealizado al otro excesivamente.
-¿Qué puedo decirte, Fabrizio? Sabés cuánto la quiero. La cuido, aún sin que ella lo sepa, en todas las paradas de colectivo.

-Decile que sueñe sin límites, que sienta sin rubor y... que escriba. En este período de distancia, las palabras no son enemigas sino amables cómplices. Que haga... una HOJA DE RUTA. Sí, eso le va a quitar el miedo.


Fumaron el tercer cigarrillo y Mateo se zambulló en las calles oscuras procurando, esa noche, soñar con ella.



lunes, 11 de abril de 2011

Paroles en l'air



Nunca quedan en el aire...

miércoles, 30 de marzo de 2011

La danza de los copos



En el aire no se distinguen partes.

La lluvia es un pasadizo hacia la materia y sus infinitos bordes. En la nieve bailan, confundidas, la materia y su esencia.

Los copos dan volteretas, chocan entre sí como borrachos afables, se rozan cual adolescentes primerizos... y danzan. No alcanzo a ver si coquetean entre sí en este ballet cadencioso apenas cubierto con el tul de un silencio blanco.

Algunos quedan prendidos en los arboles... copos en las copas... como la huella delicadamente húmeda de un beso reciente.

Si sigo con mirada tenaz el vuelo frágil de un copo, en ese instante SOY ese fragmento de algodón que se desliza por un tobogán enguantado. Quiero ser parte de la fiesta pero, en cada intento de acercarme, me alejo un poco más.

viernes, 9 de julio de 2010

Volar

(Humilde homenaje a Peter Pan)



"Vayamos a volar", me dijo el niño
Y lo dijo con tal convencimiento
Que, cuando comenzaba a contestarle,
Abrió sus brazos y se perdió en el viento.

"¡Vayamos a volar!" gritó de nuevo,
Pero ahora arriba de una loma .
Yo intenté disuadirlo de la idea
Y otra vez escapó con mil palomas.

"Vayamos a volar, no tengas miedo"
Volvió a repetir casi impaciente.
Le respondí: "Dejáselo a las aves...
...nosotros no volamos, somos gente".

Sentí su carcajada de lo alto.
Se burlaba de mí desde una nube,
Hizo cuatro piruetas en el aire
y me dijo "no tengas miedo, sube".

¡Miren si estaba yo para piruetas!
Soy un hombre maduro e importante.
Murmuré entre dientes: "vuela solo"
Y por tierra seguí para adelante.

Cuando estaba llegando a mi oficina,
Entre el humo de tantos colectivos
Vi aparecer al niño que decía
"¿No quieres ser feliz? Vuela conmigo".

La gente miraba sorprendida,
Pensarían "es loco este mocoso",
Pero ninguno de ellos comprendía
Que volar es el sueño más hermoso.

Tiré el portafolios y la corbata,
Dejé los zapatos en el suelo
Y junté todo el valor que me quedaba.
En apenas dos saltos llegué al cielo.

Y miré las ciudades desde arriba
Y sentí que la piel se me bronceaba,
La brisa me soplaba en las mejillas...
Era un hombre, lo sé, pero volaba.

Cuando ya disfrutaba hasta el extremo,
El niño apareció a mi lado
Y me dijo que vuelva, que era tarde,
El recreo se había terminado.

Era cierto; los míos me esperaban,
Pero les juro que fue más trabajo
Que el echarme a volar al infinito,
Tomar valor para volver abajo.

Pero regresé igual; pese a todo
Está mi vida aquí en tierra firme.
Lo bueno fue aprender que siendo niños
Ni soñar ni volar es imposible.

¡Hombres tristes y serios e importantes
Escuchen a ese niño que los llama
Para dejar el piso por un rato
Y volar a lo alto de una rama!

Ese niño es el niño que ayer fuimos
Que nos invita a continuar soñando
Y a no perder jamás esa pureza
Que se nos duerme de tanto ir caminando.

Mírenme a mí si no, como he cambiado.
He perdido el temor y el egoísmo,
No pregunten por qué, queridos míos,
¡Ya sé volar, no puedo ser el mismo!

C.A.

domingo, 20 de junio de 2010

Los hijos de Pirundín y el Milagro

Los hijos de Pirundín vivían siempre con el recuerdo de los años de su infancia, entre las charlas que ellos tenían y cuando hablaban con sus compañeros de colegio, siempre tocaban el tema de todo aquello que para sus pequeñas cabecitas no dejaba de ser una aventura.

Recordaban el nombre de los perros que ataban al trineo: Lobo, Gaucho, Júpiter, León y Colita que hacía punta de tiro con Piter, ellos eran sus amigos; con ellos habían corrido muchas veces juntos por medio de la nieve, con ellos habían afrontado juntos todos los peligros que la tierra cubierta de nieve esconde a cada paso.

En una noche de invierno en que la nieve caía en forma intensa como pequeños copos de algodón, los niños se acostaron temprano. Mamá había encendido un hermoso fuego en la chimenea y mientras les arreglaba la ropita de ellos la conversación de los tres se refería al hermoso recuerdo de papá Pirundín. Papá, aquel hombre cariñoso y bueno que sentía pasión por los peligros del desierto blanco, aquel padre que por haber nacido entre la nieve no conocía otra actividad más que la que había aprendido desde muy chico, cazar lobos, vender sus pieles y pasar las noches de frío interminablemente largas, escuchando tan solo el silbar del viento sobre el techo de su casa y pensar en sus hijos, en su mujer, en el futuro.

Los niños se durmieron. Mamá seguía con sus tareas de arreglar la ropa y tejía para papá Pirundín un grueso tapado de lana que estaba a punto de terminar y le llevarían en pocos días más pues cada quince días iban a visitarle y pasar dos o tres días en su compañía.

De repente el niño mayor se despertó al momento que pegaba un grito fuerte que asustó a mamá, contó entonces que había soñado que papá Pirundín estaba en peligro.
Mamá le conformó diciéndole que sólo había sido un sueño que no podía tener ningún sentido de realidad, el niño se volvió a dormir pero de allí en más su sueño fue intranquilo, se movía a cada rato y despertaba con bastante continuidad.

Al día siguiente los dos hermanitos salieron para el colegio como lo hacían todos los días, pero tan pronto en cuanto llegaron a la esquina de la casa, el niño mayor que tenía ya nueve años, contó a su hermanito de ocho años, el sueño que había tenido la noche anterior. Así fue como los dos se pusieron de acuerdo, decidieron ir a ver como estaba papá Pirundín, cualquier fuera el sacrificio que debieran realizar, para llegar hasta esos bastante lejanos sitios y con todos los riesgos inclusive de que tanto papá como mamá se disgustaran mucho y les pegaran una buena paliza.

Desde ya la aventura no era nada graciosa y menos aún fácil pese al gran conocimiento que ellos tenían de esos lugares. Fue así como treparon al cerro que separaba la ciudad del camino hacia el desierto y, al subir a la parte más alta sintiéndose más cerca del Cielo, más cerca de Dios, rezaron y pidieron que Dios no los dejara de proteger.

Dios no abandona a los bien intencionados, Dios no castiga ni a los que se equivocan ni a los que pecan, siempre que la conciencia del hombre lleve consigo la intención de realizar un bien para los demás y así los hermanitos, hijos de Pirundín, a poco de caminar en la superficie fría de la blanca nieve vieron que en la misma dirección que ellos llevaban, lejos aún, venía un trineo. Dios lo había dispuesto así u ese trineo que en poco rato estaba al lado de ellos pertenecía a la guardia de fronteras, gente que conocía a los niños y a Pirundín.

Cuando estos les contaron el sueño del hijo mayor y sus deseos de saber cómo estaba su papá, fueron invitados en forma inmediata a subir al trineo para llegar a la casa del padre.

No fue mucho lo que tardaron en llegar y sí fue muy grande la sorpresa que recibieron tan pronto entraron en la choza de Pirundín. Éste estaba en el suelo acostado sobre una alfombra de cuero de oso blanco que había frente al poco fuego ya que quedaba de la estufa; estaba casi congelado de frío, una pierna en la que había recibido un fuerte golpe no le permitía levantarse.

Cuando los guardias que llevaban a los chicos ayudaron a Pirundín a reponerse y, después que los niños habían removido las brasas de la estufa y colocado varios grandes troncos de madera, el fuego calentaba nuevamente la choza de papá. Éste contó lo que había ocurrido. Al caer la tarde como lo hacía todos los días había salido a recorrer y preparar las trampas para cazar a los lobos y una fuerte tormenta se desencadenó a su regreso, el trineo volcó y un fuerte golpe en la pierna y en la cabeza lo dejaron inconciente, como muerto, durante dos horas tirado sobre la nieve. Cuando pudo recuperar el conocimiento estaba casi helado, congelado y como pudo, más arrastrándose que de pie, enderezó el trineo y volvió a la choza, pero al llegar las fuerzas ya no lo sostenían y así llegó lo más cerca que pudo de la estufa que fue como lo habían encontrado.

Sin lugar a dudas, el ángel guardián del nene de Pirundín le había llevado un mensaje de Dios que lo recibió en un sueño, sin lugar a dudas de no mediar la decisión de los hermanitos de ir a ver a su papá, Pirundín habría muerto congelado por el frío y la soledad, pero Dios una vez más había realizado un milagro y con él los hermanitos hijos de nuestro buen amigo se transformaban en pequeños grandes héroes salvadores del propio padre, que ya entonces sólo había pensado que quizá era ese el momento final para su vida.

Cuando los niños regresaron llevados por el trineo de los guardias, mamá no supo cómo expresar su alegría y su orgullo por lo que sus hijos había realizado, los abrazó fuerte a los dos juntos y sólo pudo decirles gracias, ya no debo tener más miedo de nada pues mis niños ya actúan como hombres y así les dio un montó de besos a cada uno y les preparó la cena. Y ese día comieron perdices y a mí no me dieron porque no quisieron.

domingo, 13 de junio de 2010

¿Te o café?

El Club solía estar desierto. Unos pocos socios tradicionales coincidían ocasionalmente en el austero salón principal. Eso sí, se repartían las tareas. Uno, las actas de reunión; otro, el archivo y las cuentas. Compartían, sin saberlo, un número creciente de suspiros semanales. Y si, por casualidad, el destino los cruzaba en el pasillo, nacían discusiones colosales.

¿IDEALISMO o REALISMO?
El Realista... mejor no decirlo, ¿acaso no conocemos todos su argumento?
El Idealista acusaba al Realismo de "subjetivo" por el solo hecho de llevar la contraria, una forma como cualquier otra de pintar esa variedad desconcertante de grises.

¿EXPRESAR o CALLAR?
Estamos en ese Club particular donde el amante que se expresa corre el riesgo de hacer el ridículo, saltar al vacío, desbarrancarse o simplemente convertirse en víctima de un silencio demoledor.
-Callar -decía uno- es más digno. Demuestra madurez, autocontrol, incluso estrategia y dignidad.
-Expresar -decia el otro- es correr más allá del orgullo y la susceptibilidad.
Pensaba, con la inocencia de Lutero, "aunque mañana fuera el día del Juicio Final, igual plantaría hoy los manzanos..."

¿AMAR o SER AMADO?
Dos enamorados, dos tontos atontados... eso es la reciprocidad. En cambio, en el orden universal, siempre hay uno que ama y otro que se deja (o no) amar y entones al menos uno está cuerdo y el mundo sigue funcionando.

Tonterías... Burbujas, nubes que se evaporan apenas esbozadas entre las madejas perezosas de un atardecer cualquiera. Mientras, en el Club, persiste la eterna rutina del desencuentro.

¿TE o CAFE ?

lunes, 21 de diciembre de 2009

Una y mil noches… un amor de ensueño

Probablemente no se tocan desde hace meses. No se hablan. Conviven por inercia, por parálisis, con sabor a sequía.

Quizá Inés se despierta una noche, sobresaltada. Miguel, a su lado, glacial, escucha a regañadientes los sollozos.

Podría decirse que Diana ha tenido una horrible pesadilla y entonces, entre lágrimas, catapulta sus recuerdos. Se interrumpe así un silencio de meses seculares y Santiago no podría dejar de escucharla.

El sueño ha sido, seguramente, atroz. Laura, cubierta por un llanto que transforma en atrayente su obstinada fealdad, debe contar: “Eran tres hombres. Me perseguían en una callecita oscura. Yo corría desesperada y empezaba a perder mis ropas”. Alberto indudablemente trata de consolarla, con éxito raleado.

“Tres hombres”, gime Alicia. “Tres hombres encapuchados y robustos”. En una de ésas, Osvaldo, con inusual ternura, espía de reojo la frágil espalda de su compañera.

“Era en la esquina abandonada de Balcarce y Garay. Reconocí los escombros”, grita Ana. “No tenía escapatoria”.
“¡¡¡¿Balcarce y Garay?!!!”, estalla casi infaliblemente Adolfo. “Cuando me despertaste, yo estaba soñando justo con esa esquina maldita, siniestra. Vos corrías como una loca, huyendo de unos desalmados, casi desnuda. Por suerte llegaba yo y te salvaba”.

Susana, entonces, respira aliviada. Se adormece mientras Marco vela su marino abandono.

Carlos y María ya no se separan. A pesar de la orgullosa frialdad que mantienen de día, posiblemente por las noches continúan soñando un capítulo cada uno, completando así una historia de amor como pocas.

S.S. (Adaptación)

domingo, 18 de octubre de 2009

La leyenda del ángel llamado "Mamá"

Cuenta una antigua leyenda que un niño antes de nacer le dijo a Dios:

-Me dicen que me vas a enviar a la tierra, ¿cómo viviré tan pequeño e indefenso que soy?

Dios le dijo:

-Entre muchos Ángeles escogí uno para ti que te está esperando, él te cuidará.
-Pero dime Dios, aquí en el cielo no hago más que cantar y sonreír, eso basta para ser feliz.
-Tú ángel te cantará, te sonreirá todos los días y tú sentirás su amor y serás feliz.
-Y ¿cómo entender, Dios, lo que la gente me hable si no conozco el extraño idioma que hablan los hombres?

Dios le contestó al niño:

-Tú ángel te dirá las palabras más dulces y más tiernas que puedas escuchar y con mucha paciencia y cariño te enseñará a hablar.
-Y ¿qué haré, Dios, cuando quiera hablar contigo?
-Tú ángel te juntará las manitos y te enseñará a orar.
-He oído que en la tierra hay hombres malos… ¿Quién me defenderá?
-Tú ángel te defenderá aún a costa de su propia vida.
-Pero estaré siempre triste, porque no te veré más, Dios.
-Tú ángel te hablará de mí y te enseñará el camino para que regreses a mi presencia aunque yo siempre estaré contigo.

En ese instante una gran paz reinaba en el cielo, ya se oían voces terrestres y el niño presuroso repetía suavemente.

-Dios mío, Dios mío, si me voy dime su nombre, ¿cómo se llama mi ángel?

Dios le contestó:

-Su nombre no importa..... Tú le dirás... “Mamá”

miércoles, 9 de septiembre de 2009

Metáforas para un buen lector

Horacio y Etelvina se amaban en secreto.
Una tarde de invierno descubrieron un valioso tesoro escondido en la oscuridad del ropero, un tesoro antiguo y maravilloso que hizo centellear sus miradas.
Horacio quiso ponerlo a salvo. Intuyendo cuánto le agradaría, Etelvina se procuró un cofre pequeño, lo bastante sólido para asegurar su inviolabilidad. Un cofre bonito para un tesoro aún más hermoso.
Lo cuidaron con esmero. Etelvina le entregó a Horacio una llave y guardó la suya celosamente. De común acuerdo, decidieron esconder allí sus cartas de amor, todas sus cartas. Eran felices.
Hasta que un día una nube tormentosa se posó sobre sus cabezas, sin darles tiempo a presentir el peligro. A partir de entonces, todo cambió.
Horacio y Etelvina pelearon como nunca antes, disgustados uno con el otro, sintiendo en los labios el venenoso sabor de la traición.
Pasó el tiempo. Ya no se hablaban.
Pese a todo, Etelvina continuó custodiando el tesoro. Si estaba de humor, lo pulía hasta sacarle brillo o lo acunaba al son de alguna bella melodía, recordando con nostalgia horas más dichosas. Él la dejaba hacer y, a su manera, seguía presente.
Pero entonces Etelvina supo que Horacio había entregado su llave a alguien más, alguien que ahora abría el cofre y revolvía sus cartas, puesto que el tesoro no le inspiraba más que vana curiosidad, apenas unos escasos segundos de atención. ¿Por qué…?
Etelvina sintió todo el peso de la amargura, quiso gritar y no pudo. Otras manos rebuscaban el secreto bordado en sus palabras, manos desprovistas de abnegación, manos sin amor.
Lloró apesadumbrada y su llanto inundó el paisaje. Entonces cerró el cofre por última vez, lo observó con tristeza y, sin pronunciar palabra, lo arrojó a las aguas. Flotó sólo un instante antes de hundirse para siempre entre remolinos de espuma.
Etelvina se fue lejos, abrazada a sus recuerdos. Horacio no ha vuelto a saber de ella.

MENTA

sábado, 15 de agosto de 2009

Cuento breve

Un señor mayor subió al colectivo. Era ciego.
Casi a media voz, en actitud respetuosa y humilde, atrajo en segundos la atención de los pasajeros.

-Yo no soy vendedor. No pretendo venderles nada. Tan sólo soy escritor… y abuelo. Quiero compartir con ustedes, si me lo permiten y es de su agrado, un cuento de mi autoría. Un cuento corto, sencillo. Porque mañana es el día del Abuelo, aunque muchos no lo recuerden. Gracias a todos por su atención. Que Dios los bendiga.

El cuento dice así:

La maestra de salita azul se planta frente a los chicos y pide silencio:
-Chicos, chicos, por favor, hagan silencio que quiero decirles algo muy importante. Hoy vamos a hablar del abuelo y cada uno de ustedes me va a decir qué es un abuelo. ¿Entendieron?
-¡¡¡Sí!!! –contestan todos a coro.
-Y… un abuelo es un abuelo –dice con seguridad un nene de adelante.
-Es un señor que, como no tiene hijos chiquitos, usa los de los demás –agrega otro.
Y así continúan uno a uno.
-Es un señor viejito que ni siquiera puede correr como nosotros.
-Es alguien que no nos dice “¡Apurate!”
-A veces es la voz del otro lado del teléfono que me dice “Hola, mi chiquito”.
-Es una persona que tiene todo el tiempo del mundo y sólo está ocupado cuando hace cosas conmigo.
-Un abuelo es una abuela pero hombre (risas)
-Es alguien viejito que no se puede ni agachar pero así y todo hace un esfuerzo enorme y se agacha para atarme las zapatillas.
-Es el que no le importa contarnos el mismo cuento muchas veces.
-Es el que cuando salimos a pasear con él, se detiene para enseñarnos cosas locas como bichitos raros o un ciempiés de muchos colores.
-Es alguien que todo el mundo tendría que tener.
Cuando todos terminaron, la maestra los mira con ternura y les dice:
-Tomen este papel y péguenlo en el cuaderno.
Allí decía: “Érase una vez un lobo bueno al que maltrataban todos los corderos. Y había también un príncipe malo, una bruja hermosa, un pirata honrado y además un abuelo sin dolores, con memoria y que podía correr. Todas esas cosas había una vez, cuando yo soñaba un mundo al revés”.

(El señor del colectivo… No sé su nombre)

domingo, 6 de julio de 2008

El cuentito de “Pirundín”

En un país que se llama Alaska, donde la nieve en forma casi permanente cubre de un manto blanco los inmensos desiertos, hace muchos años vivía en una confortable choza de madera muy linda y bien construida un hombre que se llamaba Pirundín.
Cuentan aquellos que lo conocieron, que Pirundín era un hombre bueno que se dedicaba a comprar y vender cueros de animales salvajes de la zona, osos, lobos y algunas focas.
Su negocio le producía buena ganancia y así vivía feliz con su esposa y sus dos hijos de seis y siete años de edad. Ellos conocían muy bien el manejo de los trineos y la forma de conducir a los perros y se entretenían en cazar animales chicos, lobitos, ositos y algunas especies de aves que había en la región.
Como los chicos se hacían grandes era necesario mandarlos al colegio para que estudiaran y de esa forma llegaran un día a ser médicos, ingenieros, abogados. Por esa razón y como allí no había escuelas, Pirundín dispuso que la mamá con los niños fuera a vivir a la ciudad.
Como es lógico suponer, papá Pirundín al quedarse solo extrañaba mucho a los hijos y a su mujer, pero cada vez que podían o bien él iba a visitarlos o la mamá venía con los chicos a pasar unos días para hacerle compañía y encontrarse todos juntos y felices.
La compra venta de cueros le producía a Pirundín buenas ganancias. Él había nacido en esos lugares y no podía emprender otro negocio, esa era la razón por la que debía quedarse en ese lugar pero su familia vivía bien y en el período de vacaciones escolares todos estaban a su lado.
Los chicos se pasaban jugando con la nieve y hacían grandes muñecos que se endurecían como hielo y permanecían muchos días parados y duros como estatuas o como fantasmas.
En pleno invierno Pirundín estaba solo, toda su familia se había trasladado a la ciudad pues era período de clases y una tormenta muy grande de nieve y viento azotaba la choza de nuestro amigo, el fuego ardía en la gran estufa que había encendido Pirundín y éste se sentó en un cómodo sillón para calentar su cuerpo frente a las llamas y ahí se quedó dormido.
Soñó cosas muy lindas, recordó en el sueño a sus hijitos pequeños jugando con sus trineos, con sus perros, los vio correr de un lado para otro, vio en sueños que uno de ellos resbalaba y caía desde una alta cumbre pidiendo a gritos auxilio, auxilio. Despertó Pirundín sobresaltado, se frotó los ojos con sus grandes manos un tanto curtidas por la nieve y el frío y entonces volvió a escuchar nuevamente una voz que desde afuera pedía ¡socorro, socorro!
De un salto, lo mismo que lo haría un tigre, el hombre que habitaba en la nieve se encontraba delante de la puerta de su choza, en la mano izquierda sostenía su carabina y ya su puñal estaba colocado en su cintura; miró de un lado a otro y la voz que había pedido auxilia al ver a Pirundín volvió a gritar, aquí, aquí, por favor.
Una mujer joven con ademanes desesperados indicaba a cinco hambrientos y furiosos lobos que pretendían atacarla y devorarla al igual que a su pequeño bebé que cobijaba con fuerza oprimiéndolo contra su pecho.
No había tiempo que perder. Pirundín con la carabina en posición de tiro hizo dos disparos continuados dejando tendidos en el suelo y muertos a los dos lobos que estaban más cercanos a la mujer; otros dos lobos pretendieron escapar asustados por los estampidos del arma y al igual que los anteriores otras dos balas les dejaba tirados en el suelo heridos de muerte.
El hombre que como él está acostumbrado a luchar con las fieras y los peligros de esos lugares no perdió en nada su serenidad y fue en busca de la mujer y su hijo, pero no vio que a sus espaldas otro lobo se agazapaba esperando el momento propicio de atacarlo. Los gritos desesperados de la mujer se lo advirtieron: ¡cuidado atrás suyo! Sin perder la calma Pirundín levantó la carabina y observó entonces que una bala había trabado el cargador del arma, para provocar más al animal arrojó contra él su carabina pegándole sobre la cabeza y ya su puñal estaba aprisionado por su mano derecha. El animal golpeado se enfureció más aún y pretendió saltar sobre Pirundín quien con una rodilla en el suelo calculó el salto y lo dejó pasar por arriba suyo, abriéndole con el cuchillo de un solo tajo y de una puñalada tan larga como era la panza del animal. Flora, la mamá que milagrosamente había salvado su vida y la de su niño, no tenía palabras para agradecer a Pirundín lo que éste había hecho, y luego de comer algo en la cabaña del nuevo amigo siguió su camino sin temores ya, porque siempre, en todas partes y de distinta manera, podemos encontrar un amigo como nuestro amigo Pirundín.

jueves, 29 de mayo de 2008

Letras y cuentos

Había una vez una princesa solitaria que gustaba de leer historias de amor y espadachines heroicos. Leía sin tregua, a toda hora y en todo lugar. A veces también cantaba. Hablaba poco pero sabía escuchar y, cada tanto, aconsejar.
La princesa vivía una vida pacífica y un tanto aburrida en su castillo solitario, suspiraba con nostalgia evocando recuerdos felices, viendo transcurrir las horas, los días, los años…
Quiso la suerte que una bruja tan vieja como sabia le enseñara los augurios de la bola de cristal. Supo entonces que sufriría grandes dolores, que transitaría un laberinto de soledades y decepciones hasta el día en que el amor verdadero inundara su corazón.

-Llegará en el momento preciso.
-Pero… ¿cómo voy a reconocerlo? –preguntó confundida la princesa.
-A través de sus ojos verás un alma hermosa que te necesita y te amará tanto como tú a él –contestó la bruja.


Temprano por la mañana, la princesa escrutaba el horizonte desde la ventana más alta del castillo, dando vueltas y más vueltas al enigma. Pero ni rastro del amante esperado...
Viajó por lugares lejanos, organizó fiestas y torneos y hasta ofreció recompensas valiosísimas. Pero el amor se volvía cada vez más esquivo.
Con el tiempo comenzó a dudar, se encerró en su castillo donde entristeció de soledad y ya nadie volvió a escuchar su alegre canto.
Hasta que un día, de improviso, alguien golpeó a su puerta. La princesa no quiso abrir, temerosa de otra desilusión. Pero él, que era un príncipe simpático y testarudo, insistió.
Golpeó más fuerte, pegó patadas y gritó. Y tanto pero tanto escándalo armó que la princesa no resistió más y, con grandes muestras de curiosidad y expectativa, lo invitó a entrar.
Se miraron un rato largo…
“A través de sus ojos…”
Él la tomó de la mano, la atrajo hacia sí y murmuró palabras que sólo ella escuchó.
Fue como si el sol brillara más fuerte, como si de pronto todos los pájaros del mundo cantaran al unísono… El amor verdadero había abierto las puertas de su corazón y la princesa, radiante de felicidad, se refugiaba en brazos de su amado deseando nunca más despertar de sueño tan hermoso.
Y fueron felices, comieron volcanes de chocolate y ahora cantan juntos las más lindas canciones de amor.

lunes, 24 de diciembre de 2007

Los hermanitos que se peleaban

Cuentitos de Conejín y Conejito

Estas historias de Conejín y Conejito, si no son realidades, pueden aproximarse en mucho a la vida y al comportamiento de dos niñitos que yo he conocido; como todo cuentito está pues corregido y aumentado de acuerdo a mi imaginación, y los lugares en donde ocurre, queda librado a la imaginación de ustedes.

Conejín y Conejito pues, eran dos hermanitos de siete y ocho años y medio más o menos, la gente que les conocía siempre preguntaban si eran mellizos, esto quiere decir, si habían nacido con muy pocas horas de diferencia entre uno y otro; físicamente se parecían mucho, las caritas no eran iguales pero los dos eran lindos chicos, uno tenía el cabello un poco más rubio y los dos gustaban usar un poco largo el pelo, pero esto no les quedaba mal.
En un período estos chiquitos vivían peleando todo el día, cualquier cosa era motivo de desentendimiento entre los dos, se llevaban como perro y gato, pero como esos perros y gatos que se pelean todas las veces que se cruzan en el camino.
Sus papás que siempre les brindaban todo su cariño y trataban de complacerlos en todo lo que ellos pedían, estaban preocupados y no sabían como explicarles ya que entre hermanitos debía haber unión, paz y comprensión.
En la casa reinaba la paz y la felicidad y la causa a veces de malestar nacía precisamente de la desobediencia de Conejín y Conejito a lo que mamá y papá les decían.
Siempre uno de los dos comenzaba a buscar la guerra, le quitaba un juguete al hermanito, le tiraba un puntapié a la pasada, y así terminaban a las trompadas y tirones de pelos entre los dos con un montón enorme de malas palabras que por ser tan malas, no las puedo escribir, pues el bolígrafo de mi lapicera se queda trabado si pretendo hacerlo, por ello pueden imaginar qué palabras dirían estos niños.
La mamá siempre les decía que a Dios no le gustaban esas cosas y que no debían olvidar que Él está en todas partes y de esa forma ve y escucha todo. Dios es muy bueno siempre ayuda, protege y anima y premia, pero para ello no hay que hacer que Él se enoje.
Estos niños muchas veces olvidaban lo que la mamá les decía y un día estaban jugando en la vereda de su casa, estaban entonces en una ciudad del interior del país, no en la Capital Federal, y había una montaña de arena, hacían allí casitas, caminos, ríos, etc, etc. Y como muchas veces ocurría, la paz terminó en guerra, uno de ellos le dio una trompada al otro y el otro en venganza no tuvo mejor idea que arrojarle un puñado de arena en la cara a su hermanito.
Como es fácil suponer, la arena entró en los ojos de Conejín quien, a más del fuerte dolor que sintió, no podía ver nada, y así salió corriendo desesperado, al no poder mirar perdió el rumbo de la dirección a donde corría y salió para el lado de la calle, en ese mismo momento su hermanito Conejito vio que un auto venía en esa dirección y a fuerte velocidad, asustado por temor que el coche atropellara a su hermanito, cruzó la calle en defensa de Conejín. El conductor que había visto a Conejín trató de evitar pisarlo y, al tiempo que frenaba, desviaba la dirección del rodado con tan mala suerte que con el paragolpes delantero llegó a golpear a Conejito en las piernitas.
Así los hermanitos que siempre se peleaban terminaron en el hospital, Conejín para que le hicieran un lavaje de ojos y Conejito para que le curaran las lastimaduras que tenía en sus piernitas, con el susto que se puede suponer tenían sus padres.
Dios, que todo lo ve y todo lo puede, había querido que terminaran las peleas entre Conejín y Conejito y de allí en más fueron unidos, se quisieron y se defendieron mutuamente dándoles a mamá y papá la más grande alegría.
Hijos, tomen como ejemplo a los hermanitos de mi cuentito de hoy y Dios y vuestros padres estarán felices.

miércoles, 5 de diciembre de 2007

El barrilete

Una tarde, una de esas tardes que yo salgo por las calles para ahogar las penas mías, escuché que unos chiquillos con sus risas y sus gritos infantiles, victoreaban a otro niño, a un pecoso que traía, como un mundo de ilusiones en sus manos, una estrella con papeles de colores que sería, cuando hubiere remontado en el espacio de esos niños tan hermosos, su más grande ilusión y su alegría.
Yo hace mucho, lo confieso, que no tomo del piolín a un barrilete para hacerlo elevar a las alturas, y hace mucho que no envío, como carta de juguete, un mensaje por el hilo de aquel alto, de aquel lejos e inquieto barrilete.
A pesar de haber sentido muchas veces en mi alma el filoso espadarazo que produce en mí la envidia de ver chicos sanos y fuertes, que en sus risas nos alegran, he sentido aquella tarde, como nube que eclipsara, un dolor agudo, hondo, que oprimiendo mi garganta me llevara hasta el suspiro arrancado de mi alma, de mi entraña, de mi fondo… al pensar que mi chiquito, él no puede, él no sabe, ni quizá lo sepa nunca, la emoción de remontar un barrilete y de enviarle por el hilo una carta, una carta sin escrito, una carta que yo llamo simplemente de juguete.

12 de Diciembre de 1952

lunes, 19 de noviembre de 2007

Amiga...

Fue hace mucho tiempo ya.
Éramos pequeños aún y mis padres nos obsequiaron a mi hermano y a mí con una tortuga. Los primeros días, cosa muy lógica, el pobre bicho no nos agradaba nada. Su aspecto de pequeño monstruo, su caparazón tan fuerte, su piel toda de apariencia seca y dura, en fin, su todo nos causaba desagrado.
Luego nos fuimos familiarizando con ella y fue una compañera en nuestros momentos.
Algo nos había llamado muy poderosamente la atención. Cuando la acariciábamos se quedaba quieta dando la sensación de que le agradaba, mas cuando procedíamos con un poco de salvajismo, cuando le hacíamos algo ya sin quererlo o ya buscando su lógica defensa, ella se encerraba dentro de su caparazón y así permanecía horas y horas, impasible, dentro de su casi hermético estuche de protección.
Cuántas veces con el correr del tiempo recordaría aquella tortuga compañera de mi infancia. Quién pudiera como ella, me decía, cobijarse dentro de uno mismo, proteger el espíritu como la tortuga protege las partes sensibles de su cuerpo y así no sufrir en las partes más sensibles de uno mismo los embates salvajes de la vida.
Más de una vez, amiga, aquella mi tortuga de la infancia me sirvió de ejemplo. La vida fue dura conmigo. Tuve mis grandes satisfacciones, lo sé, pero cada una de ellas me costó lágrimas de dolor.
Aprendí a llorar, no me avergüenza decirlo, fue muchas veces la válvula de escape que me dejaría luchar más luego y supe resignarme a todo, aún a vivir en una grande soledad que tanto temí porque me llena de nostalgia y me hunde en la desesperación aterradora.
Luego te conocí a ti, me aferré a ti, viví contigo momentos de ilusión y así no me creí ya solo. Soñé, soñé cosas demasiado hermosas para que pudieran ser realidades y el tiempo, la vida o qué se yo, me despertó en forma brusca, me hizo recordar que todo aquello me estaba vedado, que yo no podía ya ser feliz, que había perdido todo derecho pues lo había jugado en la vida y me había tocado perder.
Ese despertar fue la locura, la desesperación. Mas todo pasa, amiga, y luego las oscuras nubes de tormenta, del viento y del granizo, llega la serenidad del cielo y el brillo de los astros.
Así, luego de mis lágrimas y de mis ruegos, lágrimas y ruegos que no viste ni escuchaste, llega el análisis más profundo de lo nuestro, la comprensión y la aceptación de la vida tal como es; esto, amiga, no significa ni significará nunca la resignación que no llegará jamás.
El momento más duro en la condena de un reo es su paso por el cadalso, la ejecución es rápida, los momentos anteriores son terribles; ya he pasado por el cadalso, y aún permanezco en el cadalso y aún vivo momentos de interminable dolor. ¡Hágase la hora de mi muerte y descansaré en paz!
Te he querido, amiga, con la fuerza más grande que se puede querer en la vida, puse en mi amor castidad y pasión, quizá ello fue el motivo por el que no le comprendieras, no sé, no me explico nada ya ni quiero buscar más su aplicación.
Hay cosas que no pueden ser, esta es una de ellas.
Jugué mi última carta y me tocó perder. He llorado en tan poco tiempo, quizá más que lo que tú has llorado toda tu vida; pero lloré por ti, porque te quiero y eso me da hoy serenidad y tranquilidad para poder decirte adiós, amiga, adiós, la novia que yo hube soñado, adiós a la mujer que yo ambicioné, adiós a los sueños de toda mi vida, adiós a mi vida que junto a ti queda.
Pierdes tú junto a ello quizá tanto como yo, tú pierdes, amiga, al hombre que supo quererte como pocos pueden hacerlo, al hombre que soñó para ti un paraíso en la tierra y pierdes junto a él a un hijo, a un hijo que falto de madre había de buscar en ti la alegría de su vida; pero el Destino es ese, amiga, y todo está ya escrito; pierdes al hombre, amiga, pero tiene para el futuro al amigo que te ayudará a resolver los problemas de la vida. Serás siempre en mi recuerdo.

22 de Agosto de 1958

lunes, 8 de octubre de 2007

El Fantasma del Centro Gallego de Buenos Aires

Alrededor de 1984, un neumotórax espontáneo me sumió en una permanencia hospitalaria de un mes y medio, en una de las salas del segundo piso del Centro Gallego de esta ciudad. El médico a cargo salteó la intervención quirúrgica y, mediante un reposo controlado, devolvió mi pleura pulmonar a su lugar.
O sea, que mi estadía en el ámbito hospitalario, aparte de la cotidianeidad de los chequeos médicos, consistió en desayunar, almorzar, merendar, cenar, descansar y contemplar el medio que me rodeaba.
El bibliotecario de la institución de aquel entonces, el gallego Rodríguez, era amigo mío, y éste para amenizar la dimensión de mi estadía en aquel lugar, me prestaba libros. En su mayoría de y sobre Castelao. Paralelamente, a un par de salas de distancia de la que yo me encontraba, estaba aquélla en la que había fallecido Castelao, convertida en habitación-museo. En una vitrina se veían, entre otros objetos, las máscaras que este hombre había construido con fines teatrales y el espectáculo que daban esas máscaras se convirtió en mi dieta visual cuando los terapeutas me indicaron empezar a caminar y pasear por los corredores del piso.
Las noches del Centro Gallego estaban colmadas de fantasmas. A una hora imprecisa que rondaba las tres de la mañana, cuando se escuchaban alaridos y llantos, de pronto todo se sumía en un silencio irreal. Los fantasmas que se asomaban en esos momentos generalmente tenían aspecto de mujeres vestidas de negro, con rostros pálidos y dulces. Aparecían por detrás de la mampara que me separaba de mi vecino de cuarto y al verme sonreían, reconocían que no era a mí a quien venían a buscar, y desaparecían.
Una noche se me apareció el fantasma de Castelao. Salió del baño que quedaba frente a mi cama, con el gesto afable y compinche de quien acaba de orinar. Inmediatamente empezamos a compartir el tiempo como viejos amigos. Sus visitaciones se repitieron un par de veces más durante mi terapia, charlamos de todo un poco, jugamos a la brisca, nos contamos nuestras vidas…
Como sin darnos cuenta ni el uno ni el otro, él me reveló los misterios concernientes a ser un gallego porteño.
El fantasma es un amigo.

Relato de Yoel Novoa
“La noche de los museos” - Octubre 2007
Museo de la Emigración Gallega

domingo, 30 de septiembre de 2007

El niño del portal


En una noche de invierno junto al portal guarecido
Encontré a un niño pequeño muerto de hambre y de frío.
“Una moneda, por Dios” fueron las palabras del niño.
“Hoy nadie me ha dado nada, soy huérfano y no tengo a nadie,
Y mi casa es el camino”.
Se me cerró la garganta, sentí opresión en el pecho,
Quedé en silencio sumido
Y mil ideas hilvanaban todas juntas mis sentidos.
No sé qué tiempo pasó, tiempo es medición de vida,
De alegría, sufrimientos, de verdades y mentiras,
Y cuando el tiempo nos marca del mundo sus herejías,
Es un tiempo sin valor, no tiene objeto la vida.
Pensé con dolor profundo, es triste a veces el destino.
Dios, tú que eres la bondad, cómo abandonas a un niño.
¿Cómo te llamas? Le dije
Contestó “no tengo nombre, señor,
Yo no conocí a mis padres, tampoco dónde he nacido”.
Con sentimiento profundo, con el alma dolorida,
Para mirarlo a la cara me lo llevé hasta la esquina.
El reflejo que emanaba de una lámpara encendida
Me mostró de sus ojos la cruel verdad de la vida.
Pensé al mirar esos ojos llenos de odio y dolor
¡Qué triste estrella te guía!
Cómo pretender no exista tanto odio, tanto rencor,
Si a veces el cruel destino sólo nos da lo peor.
Se me nublaba la vista, pensé en todo lo peor,
Y mis hijos en mi mente bailaban en derredor.
Destino, triste destino, qué injusto, ¿a dónde vas?
¡Que nunca a uno de mis hijos lo puedan así encontrar!
Pensé, si en mi casa cabe, si la vida nos dio dos,
Aún nos quede un lugarcito para prodigar este amor.
Pasó el tiempo, el tiempo vuela y en casa encontró calor.
Fue un hijo más que nos llenó de alegría y le dimos nuestro amor.
Carlos Alejandro es el nombre de nuestro hijo mayor,
Carlos Ernesto, el segundo y, sin hacer diferencias,
Le pusimos como nombre Carlos Alberto, el que hoy
Nos ha dado la alegría, nos ha dado la emoción
De poner frente a la puerta de la casa que le dimos
Chapa de bronce que ostenta, bajo nombre y apellido,
El título de Doctor.
29 de enero de 1972